Discurso de Sofía Gómez, actual alumna del centro. 50 aniversario IES Vega del Argos

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Yo entré en este instituto por casualidad, había pedido otro porque acababa de salir del colegio y quería seguir con mis amigos de clase, además de que mi hermana había terminado su bachillerato allí y ya era un sitio conocido para mi, pero la lista cortó antes de mi nombre y al final me aceptaron en este.

Por eso, el primer año de instituto fue un cambio mayor de lo que siempre había esperado, porque me separe de todo lo que me había acompañado esos nueve años, sobre todo las personas. Sin embargo, en cuanto empezó el curso conocí gente que, desde el primer momento pasaron a ser más importantes que lo que había dejado atrás.

Ahora estoy a dos meses de terminar lo que ha sido la época más importarte de mi vida, teniendo en cuenta mis 17 años, y es bonito pensar que las paredes que vieron a mis padres cambiar, conocerse y enamorarse, son las mismas en las que yo también he cambiado, me he conocido y he aprendido tantas cosas que forman parte de mi ahora.

A mi madre le tocaron los primeros y a mi me ha tocado vivir los últimos 6 años de este centro.
Cuando yo llegué ya no quedaban mosaicos que hacer, ni bailes en el salón de actos, tampoco reconozco ninguno de los nombres que mi madre sigue recordando con cariño. Pero si que he tenido otras experiencias que no se pueden leer en libros de texto, como los intercambios con Alemania y los viajes de estudios con todo el curso, las excursiones y convivencias. Me siento tan afortunada de haber tenido oportunidades que antes no había, como la de viajar a otro país y conocer otras formas de vida y de pensamiento, de la mano de algunos de mis compañeros y profesores, de haber conocido tantas personas increíbles y haber aprendido de todos ellos.

Es cierto que el número de alumnos en el centro es mucho mayor ahora, y que eso impide la cercanía con los profesores, por lo menos esa cercanía que mis padres me cuentan siempre.
Sin embargo, pensar que el año que viene (y esperemos que así sea) no volveré a recoger el horario una vez más el primer día del curso, hace que empiece a pensar lo que echaré de menos a muchos de mis profesores. Y es que después de tanto tiempo, después de tener que aguantarnos mutuamente tantísimas horas a lo largo del curso, mentiría si dijera que ellos no han influido en mi vida de ninguna forma. Han estado presentes en mi crecimiento, día tras día y año tras año, he aprendido no sólo a despejar ecuaciones, denominar compuestos químicos, o redactar algo como lo que ahora mismo estoy leyendo, sino que muchos de ellos me han enseñado de persona a persona, mucho más allá que de pizarra a niña.

Tengo las tapas de mis libretas forradas de palabras, que en realidad son títulos de libros, películas, artículos y citas que escucho en clase y apunto para ver, leer e investigar más tarde, de cosas que no estudiamos de memoria para escribir en los exámenes, pero que, muchas veces, me han enseñado más. He tenido mucha suerte de encontrarme con profesores con los que he podido hablar de cualquier tema, porque siempre han estado abiertos a mostrarme lo que saben, por poco que sea, y animarme a descubrir y experimentar cualquier cosa que llame mi atención.

Ya han pasado 50 años y ha cambiado ese edificio tanto por fuera como por dentro, la disposición de las aulas, el profesorado, el alumnado, la forma de vida, la situación del momento, la sociedad, la forma de pensar.

Pero el hecho de que cada año haya cientos de personas ahí dentro, acercándose un poco más a sí mismos y a lo que les rodea, aprendiendo sobre el mundo y sobre las personas que tienen enfrente. El hecho de que un simple edificio hecho de ladrillos, puertas verdes y mosaicos encierre la infinita creatividad de los niños, las dudas de los adolescentes, las ideas de los estudiantes, y el cariño de las personas que conviven juntas durante seis años que marcan su vida, todo eso, es lo que siempre permanece, pasen los lustros que pasen, sigue permaneciendo.


Redacción:

Sofía Gómez González

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